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Método de oración Lectio Divina

Orar es dialogar con Dios; un encuentro personal con Dios vivo.
Un medio privilegiado para encontrar y escuchar a Dios es la Sagrada Escritura. Cristo está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla (SC 7). La Biblia no es sólo un libro que contiene verdades y enseñanzas, sino es sobre todo lugar de encuentro con Cristo Resucitado.
lectio_divina
Por obra del Espíritu Santo, la Virgen María recibió en su seno al Verbo que se hizo carne. De modo análogo cuando nosotros leemos la Biblia y la meditamos, recibimos la Palabra en nuestro corazón bajo la acción del Espíritu Santo.
Al leer la Sagrada Escritura, nuestra actitud fundamental debe ser de acogida y escucha. Se trata de escuchar lo que Dios me dice a mí y luego responderle.
El 6 de noviembre de 2005, el Papa Benedicto XVI explicó así la Lectio Divina:
"Consiste en meditar ampliamente sobre un texto bíblico, leyéndolo y volviéndolo a leer, rumiándolo en cierto sentido como escriben los padres, y exprimiendo todo su jugo para que alimente la meditación y la contemplación y llegue a irrigar como la savia la vida concreta. Como condición, la lectio divina requiere que la mente y el corazón estén iluminados por el Espíritu Santo, es decir, por el mismo inspirador de las Escrituras, y ponerse, por tanto, en actitud de religiosa escucha. Esta es la actitud típica de María santísima, tal y como lo muestra de manera emblemática la imagen de la anunciación."

Los pasos de la Lectio Divina:

1. Recógete para escuchar la palabra de Dios e invoca al Espíritu Santo.

El mismo Espíritu que habita en el templo de tu alma por la gracia,"habita" y está presente en la Sagrada Escritura. Con el deseo ardiente de escuchar a Dios, invoca al Espíritu Santo: que ilumine tu inteligencia para conocer mejor a Cristo y su palabra, que encienda tu corazón para amarlo con pasión y que mueva tu voluntad para seguirlo más de cerca.
recogimiento

2. Lectura (Lectio) ¿Qué dice el texto?

Lee pausadamente un texto de la Biblia, como si fuera "una carta de amor escrita por Dios personalmente a mí" (san Gregorio Magno).
Reléelo; trata de familiarizarte con el texto, intenta comprenderlo (el contexto, los personajes, los sentimientos, las acciones, los verbos...) sin pretender todavía extraer mensajes o conclusiones.
Descubre la palabra-luz que ilumina tu inteligencia, la palabra-fuerza que fortalece tu espíritu, la palabra-fuego que enciende tu corazón de amor a Dios y a los hombres, la palabra-símbolo que abre tu mente y corazón a nuevas reflexiones y afectos.
Puedes subrayar lo que te parezca central: poner un signo de exclamación al pasaje o pasajes que más te interpelen, y un asterisco a lo que te ayude a orar. Puedes señalar de una forma las reflexiones que te llamen la atención y de otra manera aquellas frases que te susciten afectos.
lectura

3. Meditación (Meditatio) Qué me dice a mí el texto?

Gusta y saborea ese mensaje de Dios para ti, como María, que "custodiaba todas estas cosas rumiándolas en su corazón." (Lc. 2,19)
Recuerda otros pasajes de la Sagrada Escritura que tengan relación, confróntalos, que se enriquezcan y complementen los unos con los otros, como si fueras una abeja que va combinando el néctar de diversas flores. Es el Espíritu Santo el que va a elaborar en tu interior una miel exquisita preparada especialmente para ti.
Confronta los textos con las situaciones y circunstancias de tu vida y pregúntate: ¿por qué este texto es importante para mí?, ¿qué me sugiere?, ¿qué actitudes y sentimientos me transmite? Intenta escuchar a Dios que te habla.
meditacion

4. Oración (Oratio) Qué le digo a Dios movido por su palabra?

Dios te ha hablado, le has escuchado y has acogido su palabra. Ahora respóndele esa carta de amor que Él te escribió. Háblale con toda humildad y con todo tu corazón.
Exprésale con confianza tus sentimientos, una vez unos, otra vez otros: de agradecimiento, alabanza, súplica, adoración, alegría, tristeza, odio al pecado, amor a Cristo, arrepentimiento, compasión, intercesión, reconocimiento de tu miseria y petición de perdón, ofrecimiento...
oracion

5. Contemplación (Contemplatio)

Contempla el rostro de Cristo, esperando y deseando que, a través de los ojos del alma, el Espíritu Santo actúe en tus facultades (inteligencia,voluntad, corazón, sensibilidad, acción) llenándolas de su santidad, de su sabiduría, de sus dones y carismas.
Déjate impregnar por la presencia y el amor de Dios como una esponja sedienta que se hunde bajo el agua viva.
contemplacion

6. Acción (Actio)

Que la palabra de Dios sea ahora escuela de vida para ti. Que poco a poco te transforme y te modele conforme a la imagen de Cristo.
Busca imitarle y seguirle más de cerca por la vivencia de las virtudes teologales y las demás virtudes cristianas. Con tu comportamiento y con tu palabra, sé para los demás un testigo que se ha encontrado con Dios. Como una concha llena que comparte lo que lleva dentro.
Pídele ayuda y dale las gracias.
testimonio
Si quieres profundizar en el método de la Lectio Divina, te recomiendo que leas la Scala Claustralium de Guido II el Cartujo, sobre el modo de orar a partir de la Palabra de Dios, y la Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini del Papa Benedicto XVI.
P. Evaristo Sada LC
http://www.la-oracion.com

¿Cuál es la mejor receta para empezar bien tu oración?

¡Cristo, como luz, ilumina y guíame!
¡Cristo como escudo, excede y cúbreme!
Cristo conmigo, Cristo frente a mí,
Cristo tras de mí, Cristo en mí,
Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda,
Cristo al descansar, Cristo al levantarme,
Cristo en el corazón de cada hombre que piense en mí,
Cristo en la boca de todos los que hablen de mí,
Cristo en cada ojo que me mira,
Cristo en cada oído que me escucha.
(San Patricio)

 ***
Nuestras acciones están, casi siempre, determinadas por la presencia de otras personas a nuestro alrededor. Hay cosas que no haríamos delante de algunos y cosas que, totalmente solos, no tenemos reparo en hacer. Imagínense, por ejemplo, que reciben la invitación del presidente de su país para visitar su casa. ¿Cómo se comportarían? Seguramente con la mayor educación posible. Al llegar a la sala, no me tiro en el sofá, sino que me siento con educación; en la mesa cuido de no hablar con la boca abierta, de usar adecuadamente los cubiertos, etc. Y ¿qué es lo que me mueve a comportarme así? La importancia de la persona que tengo delante. En cambio, si estoy en casa, tal vez no es necesaria tanta atención…
Nuestra oración es, justamente, una invitación de Dios para visitarle y hablar con Él. Es un momento en que dialogo con el Señor de todo el Universo que –¡oh, maravilla!– me llama su amigo. ¿Cómo me comporto delante de Dios?
Bueno… de acuerdo: no es tan sencillo como parece. Porque a Dios no lo vemos físicamente y en ocasiones es fácil distraerse con cualquier cosa. Sobre todo al inicio… ¡cuánto cuesta empezar bien la oración!
San Patricio nos da una pista para empezar bien nuestra oración: saber ver a Dios en todo. Y al inicio de cada momento de oración, es importante hacer lo que comúnmente se llama ponerse en la presencia de Dios. Saber que estoy delante de Dios; repetírmelo a la mente y al corazón. ¡Decírselo a Dios!: «Señor, vengo a tu presencia, ayúdame a darme cuenta de ello!». Darme cuenta de que REALMENTE Él me escucha y quiere hablarme. Sobrecogerme ante el misterio de su presencia y agradecerle que quiera venir a hablar conmigo.
Se puede hacer de modo espontáneo (personalmente lo recomiendo) con una oración hecha por mí. Pero si en un primer momento no sale, las oraciones hechas, como el himno de San Patricio de arriba, pueden ayudar. Así, poco a poco, lograremos ponernos delante de Dios… incluso en medio de ocupaciones muy variadas. El ejemplo de Juan Pablo II, que podía abstraerse en misas multitudinarias, es excepcional en este sentido. ¡No importa lo que hagas o en medio de quién estás: siempre puedes ponerte delante de Dios y elevar tu alma a Él!
Esto, a su vez, también nos ayudará a descubrir a Dios en todas las cosas, en cada momento de nuestra vida… y ¡maravillarnos! Como un enamorado, que ve a su amada en todo lo que vive y la extraña en cada momento. Así viviremos nosotros con Dios, sabiendo que, como rezaba el bueno de San Patricio, Él está presente a mi derecha, a mi izquierda, en cada persona que tengo delante. Y, de modo particular, en cada oración en la que voy a dialogar con Él
http://www.la-oracion.com

¿Cómo mejorar tu oración con un cambio de vocabulario?

Te habrá sucedido que asumes un compromiso y luego no tienes ganas de hacerlo. Tu actitud: "tengo que hacerlo porque no me queda más remedio", pero vas de mala gana.
actitud positiva

A mí se me acaban las fuerzas por la noche. Hacia las 9.30 de la noche tengo mucho sueño y no puedo más. Desde que entré a la vida religiosa asumí el compromiso de hacer una hora de adoración a Cristo Eucaristía los jueves por la noche, además de la media hora de adoración eucarística que tenemos todas las noches en mi comunidad. Debo confesar que siempre me ha resultado un compromiso pesado. Me entra mucho sueño y a veces siento que la hora se vuelve eterna.
Tal vez algún día hayas sentido lo mismo con la misa dominical, o con tu meditación diaria, o con el rezo del rosario. Llega el domingo y: "¡Qué flojera ir a misa! Preferiría quedarme en la casa viendo un partido o una película y luego hacer un poco de deporte" Y vas a misa, porque todo cabe si te organizas, pero tu actitud no fue la mejor. Y seguramente tampoco la aprovechaste ni la disfrutaste igual de bien.
Cuando Jesucristo convocó a sus apóstoles en la última cena les dijo: "Cuánto he deseado celebrar esta pascua con vosotros" (Lc 22, 15) Su pascua era el sacrificio de su propia vida, la hora de su muerte. Y dijo: ¡cuánto he deseado este momento! Y sabemos que la oración en Getsemaní, en que pasó miedo y angustia y sudó gotas de sangre por el sufrimiento moral que llevaba dentro, fue algo terriblemente doloroso para Jesús. Lo que él deseaba era dar amor, salvarnos, hacer la Voluntad de su Padre, y eso lo quería con toda determinación.
quiero y me gusta
Una cosa es no tener ganas o no tener fuerza, otra cosa es no quererlo. En el fondo te gusta porque lo quieres. Entonces interviene el cambio de actitud y la fuerza de voluntad: poner amor, como lo hizo Jesucristo en la cruz.
"La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar." (Catecismo de la Iglesia Católica n. 2650)
No se trata de un lavado de cerebro personal, sino de poner delante de sí mismo las motivaciones por las cuales se hacen las cosas y adoptar una actitud positiva ante las responsabilidades.
Un cambio de vocabulario puede mejorar notablemente tu actitud. Lo he experimentado en carne propia a partir del momento en que los jueves por la tarde, al recordar que era jueves y tenía hora eucarística, comencé a decirme a mí mismo: "Qué bueno, hoy es jueves, esta noche quiero estar una hora adorando a Cristo Eucaristía". Ya no "tengo que" sino "quiero". Mi actitud fue muy diferente y comencé a disfrutarla y aprovecharla mucho más. Ahora se me hace corta y realmente espero que lleguen los jueves.
Esto vale para la oración como vale para las clases en la universidad, ir a recoger a los niños a la escuela, el trabajo, visitar a los abuelos... todo.
La actitud positiva es como la base del iceberg. Si haces las cosas de buenas las harás mejor.
Revisa tu vocabulario y está atento para usar el "quiero" en vez del "tengo que" en tu vida de oración y en todo; verás la diferencia.
P. Evaristo Sada LC
http://www.la-oracion.com

San Patricio: el infatigable apóstol de las largas horas de oración

Vida


Sucat, éste era su nombre en celta, nació en la isla de Gran Bretaña hacia el 389. Era hijo de un diácono, oficial del ejército romano. A los 16 años fue tomado prisionero por algunos piratas que le condujeron a Irlanda y lo vendieron como esclavo. Se le destinó al pastoreo de rebaños. Allí pudo dedicarse a la oración e ir creciendo en su experiencia personal de Dios. Sin embargo, la condición de esclavo le parecía insoportable e intentó huir muchas veces sin éxito. Cuando por fin lo logró se embarcó hacia Francia, pero a causa de una tormenta tuvieron que desembarcar en un lugar deshabitado. Él y los tripulantes vagaron varios días sin encontrar seres humanos ni provisiones. Patricio les instó a confiar en Dios y no tardaron en encontrar comida. Cuando llegaron al primer pueblo, Patricio se dirigió al monasterio de Lerins donde pensaba permanecer. Sin embargo, tuvo una visión en la que escuchaba a los irlandeses que le invitaban a volver para predicarles a Cristo. Inició entonces una seria preparación intelectual que le llevó a Auxerre y a los principales monasterios de Italia.
En el 432 llegó a Irlanda. Sucedió al anterior obispo de la isla, Paladio y se dedicó a la labor de evangelización. La misión era difícil pues los irlandeses de aquel entonces vivían en pequeños clanes con jefes independientes. Por ello le pareció más eficaz dirigir su trabajo a los líderes de los clanes pues estaba convencido de que así podría llegar más fácilmente a las demás gentes. El éxito obtenido confirmó su certeza. También fundó varias abadías que alcanzaron gran crecimiento y esplendor y fueron la base de futuras ciudades. Llegó a convocar un sínodo cuyas actas se conservan hasta hoy.
Los grupos paganos presentes en la isla intentaron acabar con él en varias ocasiones, pero siempre escapaba milagrosamente. En una ocasión durante la vigilia del Sábado Santo, cuando encendió el fuego ritual, los magos y druidas se abalanzaron enseguida para apagarlo, pero no lo lograron. Uno de ellos exclamó: «El fuego de la religión de Patricio se extenderá a toda la isla». También tuvo que hacer frente a los clérigos y herejes de las islas vecinas que tenían envidia de su obra misionera y habían enviado cartas difamatorias a Roma criticándole por su falta de cultura y preparación. Patricio escribió una “Confesión” en la que admitía humildemente su escasa preparación, pero sosteniendo con firmeza que cuanto había realizado era la respuesta a la misión confiada por Dios y que los frutos conseguidos eran obra del Señor.
Murió en el 461, dejando sembrada la semilla de la fe en un país que aportaría un innumerable ejército de misioneros y sacerdotes a la Iglesia.

Aportación para la oración


San Patricio es particularmente conocido como el iniciador de una vida de apostolado en Irlanda. Pero tal vez pocos se dieron cuenta cómo supo unir a su actividad apostólica a una intensa vida contemplativa que alcanzó el vértice de la mística. De hecho, éste fue el secreto de su santidad: la unión íntima y frecuente, profunda y sencilla con Cristo.
Siempre estamos muy ocupados, pero eso no debe impedirnos buscarnos momentos para la oración. Por poner un ejemplo, se decía de Juan Pablo II que dedicaba por lo menos 3 horas al día sólo a orar… y eso que ocupaciones las tenía y a tope. ¿Por qué? Porque se daba cuenta que el tiempo dedicado a Dios nunca es tiempo perdido.
¡Pero no sólo hay que dedicarle un tiempo específico a la oración! En medio de nuestras actividades, en medio del frenesí de una actividad delirante y al borde, muchas veces, de la desesperación, Patricio nos enseña que el que está enamorado de Dios siempre eleva el corazón a Él. Y aunque no le mencionemos expresamente en cada cosa que hagamos, siempre podemos ofrecerle el inicio de nuestro trabajo, de nuestra tarea, de nuestro estudio… y eso nos hace ya, de esa manera, convertirlos en oración.
P. Juan Antonio Ruiz J., L.C.
http://www.la-oracion.com

¿Qué es lo que buscas en tu oración?


«Todo el edificio de las virtudes no se levanta más que para alcanzar la perfección de la oración; y si no llega a ese coronamiento que une y traba todas sus partes conjuntamente, no tendrá ninguna solidez ni duración. Sin las virtudes, es imposible adquirir esta pacífica y continua oración; y sin esta oración, las virtudes, que son el fundamento, no alcanzarán jamás su perfección» (Juan Casiano, Conferencia 9, 2).

***


¿Han leído ustedes El Principito de Antoine de Saint-Exupèry? Es uno de esos libros que logra decir cosas profundísimas en frases simples. Una fábula supuestamente para niños que los adultos nos admiramos de lo mucho que nos gusta al leerlo. Si alguien no lo ha leído, ya tiene un buen propósito para este nuevo año.
En uno de los pasajes, el Principito va visitando planetas, en los que encuentra seres de distintos modales y costumbres. Uno de ellos estaba habitado por un bebedor y al verle, el Principito entabló este curioso diálogo con él:

—¿Qué haces ahí? —preguntó al bebedor que estaba sentado en silencio ante un sinnúmero de botellas vacías y otras tantas botellas llenas.

—¡Bebo! —respondió el bebedor con tono lúgubre.

—¿Por qué bebes? —volvió a preguntar el principito.

—Para olvidar.

—¿Para olvidar qué? —inquirió el principito ya compadecido.

—Para olvidar que siento vergüenza —confesó el bebedor bajando la cabeza.

—¿Vergüenza de qué? —se informó el principito deseoso de ayudarle.

—¡Vergüenza de beber! —concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente en el silencio.



A mí siempre me ha impactado este diálogo. No tanto por el drama de un hombre hundido en el alcohol, sino porque conozco a muchos hombres que pasan su existencia con la misma incerteza de ese personaje: sin saber qué quieren en su vida.


La oración no se escapa tampoco a este peligro, que es como un círculo vicioso: orar por orar, porque tenemos que hacerlo, porque si no voy a misa es pecado, porque si no rezo Dios me castiga, etc. Tomando pie del pasaje del Principito, podríamos calificar esta situación como «la oración borracha»: una oración sin sentido. Pero la oración es mucho más que eso. Muchísimo más.

Casiano traza, con una genialidad hermosa, que la oración es el eje sobre el que debe girar toda nuestra vida, pero no para encerrarnos en una espiral inútil, sino para lanzarnos cada vez más alto en nuestra vida. Es el trampolín que da impulso a los mecanismos interiores del alma para buscar perfeccionarnos y presentarnos de un modo más puro para Dios.
Para poner una imagen, lo podemos comparar con una carrera. Así, podríamos decir que:
1) La oración da el pistoletazo inicial a la carrera elevando nuestra alma a Dios;

2) Las virtudes la acompañan a lo largo del camino con estímulos y fuerza interior;

3) Del resultado de ambos, se nos da la felicidad plena, que es la victoria del premio (la santidad) y el abrazo con Dios.

Sí, la oración por sí sola quedaría incompleta. Y por eso Casiano apunta más allá y nos dice que la oración debe estar acompañada del ejercicio de las virtudes. Porque la oración auténtica le lleva a uno a bajar a la vida ordinaria todo lo contemplado y lo platicado con Dios. Si no, sería como una persona que se ve narcisísticamente en un espejo y alaba todo lo que Dios ha hecho en ella; o, incluso, alguien que ve con otra persona una buena solución a algo, pero no lo lleva a la práctica. Ambos casos serían ridículos y sin sentido. Y de la oración jamás puede salir algo así... pues es un contacto con un Dios que actúa siempre.


Oración y virtudes: los dos pilares que, según Casiano, sostienen toda nuestra vida y le dan sentido. Un sentido que logrará romper el círculo vicioso en nuestra relación con Dios, como el del pobre borracho del Principito. De esta manera, al final buscaremos orar y ser santos no para sentirnos bien con nosotros mismos, sino para demostrar más y mejor nuestro amor a Dios.
P. Juan Antonio Ruiz J., L.C. 
http://www.la-oracion.com

Cuando sufres y no entiendes nada

¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Cómo lo permite Dios? ¿Qué hice para merecer este castigo? ¿Qué será de mi futuro? Son preguntas hirientes que brotan con frecuencia en medio del sufrimiento.
Con el salmista (Sal 30) gritamos: tristeza
"Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas."
Le damos vueltas con la cabeza y no entendemos nada. Es simplemente incomprensible. Toda la sensibilidad se retuerce y a veces se rebela. No es para menos. "No lo entiendo, Señor, no tiene ningún sentido, no me entra en la cabeza."

"A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
Tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve".

Las cosas no me cuadran

Lo que estás viviendo te parece que no encaja con el concepto del Dios bueno y justo del que has oído hablar tantas veces. Viene la tentación de la desesperanza y hasta la fe se ve amenazada.
Pero apenas puedes levantar la mirada, ves el universo: su belleza, el orden, la perfección, el detalle, la grandeza, la abundancia… y no es difícil concluir que lo hizo y lo conserva un Padre bueno que vela por sus hijos.
Ves tu vida: el mero hecho de existir cuando podrías no haber sido, tu capacidad de amar, tu familia, tu bautismo, tu educación, tus amigos… y tantas cosas buenas y bellas de tu persona y de tu historia. Aunque no es que todo sea perfecto, su belleza y gratuidad desvelan el rostro amable de un Dios que cobija a sus criaturas.

La Providencia Divina

Esa es la Providencia. No se puede probar con argumentos, hay que experimentarla. A veces se nubla u oscurece, más cuando se está en medio de la batalla; son momentos, sucesos o circunstancias particulares, pero cuando se ve en perspectiva todo adquiere sentido. Y a veces se requieren décadas para tener suficiente perspectiva. Es como estar perdido en medio de un laberinto y luego ser capaz de verlo desde lo alto y encontrarle sentido.

laberinto
La historia de José, hijo de Jacob, es elocuente: pasó una historia de odio, envidia, mentira, ingratitud, sensualidad… para que llegara a cumplirse el designio de Dios sobre su pueblo. Vale la pena recordarlo. Sus hermanos primero se burlaron de él, después le odiaron y le rechazaron, planearon su muerte, por fin lo arrojaron a un pozo, lo vendieron como esclavo a los primeros extranjeros, unos egipcios, que pasaron por ahí e informaron a su padre que había muerto. La esposa del faraón lo tentó, luego mintió y lo acusó injustamente. José acabó en la cárcel del faraón. ¿Podría haber imaginado lo que iba a suceder después? El caso es que Dios le concedió el cargo administrativo más alto en el reino; tuvo la oportunidad de perdonar a sus hermanos, de volver a abrazar a su padre, de ofrecer a su familia y a las familias de todos sus hermanos una nueva tierra, un nuevo pueblo, una nación donde salvar sus vidas en un momento de tremenda hambre y carestía. El pueblo de Israel creció y se consolidó en Egipto.

Incendios que dan vida

Hace unos meses me invitaron a dar un taller de oración en Calgary. Tuvimos el curso en un lugar montañoso con zonas inmensas de bosque. Mientras iba por carretera pasamos por un bosque amplísimo que se había incendiado, sólo se veían troncos caídos y cenizas. Mi reacción natural fue decir: "¡Qué desastre!" Poco después apareció un gran cartel que decía: "Incendios que dan vida". El fuego forma parte del sistema de regeneración de un bosque. Cantidad de semillas permanecen encerradas en las piñas hasta que el calor de un incendio las libera. Las cenizas fertilizan el campo. Gracias a incendios de hace 30 años tenemos ahora bosques espléndidos.

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Es necesario ver el conjunto en perspectiva. La oración es el mirador.

Cuando el sufrimiento y el misterio se hacen presentes en la propia vida, tenemos en las manos un momento privilegiado para hacer oración. No necesariamente se encuentran respuestas; más aún, rara vez se encuentran explicaciones lógicas a lo que sucede, pero es tiempo fecundo para crecer en el conocimiento personal, para reconocer los propios límites, dejarse interpelar por Dios que nos llama a la conversión y anclar la vida en una confianza inquebrantable en la providencia de Dios.

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La historia es como un río que lleva su curso; en el camino encuentra tropiezos y remolinos, pero sigue su curso. Y el Plan de Dios se cumplirá. "En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo." (Jn 16,33)
"Yo confío en ti, Señor,
te digo: ‘tú eres mi Dios’.
En tus manos están mis azares (…);
qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen”.
Cuando Dios permite que suframos sus hijos, nos ofrece una oportunidad de purificación y, sobre todo, de alguna manera nos dice: “No busques más razones, me tienes a mí como respuesta”.
"Yo decía en mi ansiedad:
"me has arrojado de tu vista";
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba".
Tu oración la escucha el mismo Dios que vio en la cruz a su único Hijo, Jesucristo: el crucificado que redimió a la humanidad.
La presencia infalible de Dios Padre y el ejemplo silencioso de Cristo crucificado se manifiestan a la hora de la prueba como una nueva epifanía del amor personal de Dios en tu vida. No hay manera de demostrarlo, pero quizá es una experiencia que habrás vivido más de alguna vez. Cuando abres la puerta de la fe, Él te ayuda a encajar el golpe, a recuperar la paz y a experimentar con más fuerza aún su paternidad.
Piénsalo un poco. En tu propio sufrimiento, al cabo de los años, ¿has experimentado de alguna manera la mano Providente de Dios? Si no es así, convérsalo con Él.
P. Evaristo Sada LC
http://www.la-oracion.com

Juan Casiano y los cuatro pasos para una oración perfecta

Vida

 Monje y escritor ascético del sur de la Galia, fue el primero en introducir las reglas del monacato oriental en Occidente. Nació, probablemente, en Provenza hacia el 360 y murió alrededor de 435, probablemente cerca de Marsella (Francia). Hijo de padres ricos, recibió una buena educación, y cuando aún era joven visitó Tierra Santa. En Belén Casiano asumió junto con un amigo las obligaciones de la vida monástica, pero como ocurre con muchos de sus contemporáneos, el deseo de adquirir la ciencia de la santidad directamente de sus más eminentes maestros, pronto los llevó de sus celdas en Belén a los desiertos egipcios. Antes de abandonar su primera casa monástica, ambos amigos prometieron volver lo antes posible, pero esta cláusula la interpretaron muy ampliamente, puesto que no volvieron a ver Belén hasta siete años después. 
 Durante su ausencia, visitaron a los solitarios más famosos de Egipto por su santidad y se sintieron tan atraídos por sus grandes virtudes que después de conseguir en Belén una extensión de su permiso de ausencia, volvieron a Egipto donde permanecieron siete años más. Fue durante este período de su vida que Casiano recopiló los materiales para sus dos principales obras, “Institutos “y “Conferencias”. Ambos pasaron de Egipto a Constantinopla, donde Casiano se convirtió en el discípulo preferido de San Juan Crisóstomo. El famoso obispo de la capital oriental elevó a Casiano al diaconato y le encomendó los tesoros de su catedral. Después de la segunda expulsión de Crisóstomo de su sede constantinopolitana, Casiano fue enviado a Roma por el clero de dicha ciudad para interesar al Papa San Inocencio I a favor de su obispo. Fue probablemente en Roma donde Casiano fue ordenado sacerdote. Desde este momento de Casiano mismo no se conoce nada de su vida hasta la próxima década. 
Hacia el 415 estaba en Marsella, Francia, donde fundó dos monasterios, uno para hombres, sobre la tumba de San Víctor (un mártir de la última persecución cristiana de la época), y el otro para mujeres. El resto de sus días los pasó en o cerca de Marsella. 
Su influencia personal y sus escritos contribuyeron mucho a la difusión del monacato en occidente. Aunque nunca fue formalmente canonizado, San Gregorio I Magno lo consideraba un santo, y se cuenta que el Papa Urbano V (1362-1370), quien había sido abad de San Víctor, hizo que se grabaran las palabras “San Casiano” en el relicario de plata que contenía su cabeza. Su fiesta se celebra en Marsella el 23 de julio y su nombre se halla entre los santos del calendario griego. 

Aportación para la oración

Es el gran compilador de todas las enseñanzas de los monjes del desierto en Oriente. De sus años en contacto con la sabiduría de esos hombres sacó diversas enseñanzas sobre la oración. 
Para Casiano, en la oración es en donde mejor se manifiesta la acción de Dios sobre el hombre, junto con el esfuerzo del hombre por encontrar a Dios. Los dones que Dios da complementan y perfeccionan la obra esbozada por el esfuerzo del hombre ayudado por la gracia de cada día. La oración es tan importante, que ninguna virtud puede alcanzar si no es con la perfección de la oración. 
Ahora bien, esta perfección en la oración requiere un camino que todo cristiano debe seguir. Un camino que Casiano nos presenta en cuatro peldaños de una escalera, que, a su vez, son cuatro formas de oración: 
a. La petición de perdón por los pecados cometidos: ésta conviene a los que están iniciando un camino de oración, pues aún se siente a flor de piel el remordimiento por las propias faltas. 
b. La ofrenda de buenas resoluciones a Dios: es cuando ya se ha avanzado en el camino espiritual y se le ofrece a Dios propósitos diarios de enriquecimiento interior, sobre todo buscando imitarlo a Él. 
c. La oración de petición, fruto del celo por la salvación de las almas: cuando uno cumple las promesas que arriba ha propuesto a Dios, el alma se siente atraída, por su propia caridad, a pedir por los demás, de manera que puedan acercarse a Dios. 
d. La acción de gracias por los beneficios presentes, pasados y futuros: una vez que uno ha arrancado de su corazón todo lo que pueda alejarle de los dictámenes de su conciencia, se quedan contemplando todas las gracias que Dios le ha dado y se abandonan a los impulsos que esta contemplación les lanza, dirigiéndolos a Dios.
Es a través de estos cuatro pasos -de estos cuatro modos de oración- que el alma alcanza esa perfección: una perfección que no es sino unirse con Dios y vivir con amor lo que Él nos va pidiendo cada día.
P. Juan Antonio Ruiz J., L.C. 
http://www.la-oracion.com

Las 5 leyes estructurales del diálogo con Dios

¿Cómo "funciona" el diálogo con Dios? Está claro que no es igual a un diálogo entre seres humanos. Entonces, ¿cuál es la dinámica interna del encuentro con Dios en la oración? ¿En qué consiste hacer oración? 
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M. Magrassi nos ofrece una excelente síntesis:
 

1. La oración presupone una relación y, más precisamente, una relación de amor.

Los hombres de la Biblia son los amigos de Dios. La oración, por tanto, puede descubrirse en la línea de la amistad y los orantes son los amigos de Dios que conversan con Él ya que son invitados por Él a ese coloquio.

2. En la relación con el hombre, Dios tiene siempre la iniciativa.

Aunque en la Biblia parezca prevalecer la "búsqueda de Dios", es él quien se mueve primero en busca del hombre. Si Dios no se hubiese revelado, todas las fatigas experimentadas para encontrarle serían válidas; pero si Él se ha revelado, es justo y prudente que lo busquemos a través del camino de su revelación concreta.

3. En el diálogo hay que dejar a Dios la iniciativa: orar es sobre todo escuchar.

La oración en la Biblia privilegia la actitud de la escucha: "Escucha, Israel" (Dt 6,4). Al principio ya existía la Palabra. Jesús es la revelación total de Dios. Orar es acoger esta palabra y este misterio.

4. El hombre de la Biblia transforma en oración todas las realidades que pueblan su vida.

El Dios de la oración es el Dios de la salvación, el Dios de la vida. "La oración no es una experiencia aparte, un hecho aislado. No está la oración, por un lado, y la vida, por el otro. Se ora lo que se vive..."

5. La oración bíblica (cristiana) es sobre todo contemplativa.

Sin prescindir de la realidad personal del orante y de cuanto lo rodea, el interés de la oración apunta hacia Dios, hacia su persona y hacia su acción. La oración es esencialmente teocéntrica. A partir de Dios, el orante sabrá volver a sí mismo y a las cosas que tiene que realizar, para su gloria y en su servicio.
(Cfr. M. Magrassi, Le leggi strutturali del dialogo con Dio, en Insegnaci a pregare, n 2/1980 de la revista "Parola, Spirito, Vita" p. 7-10).
P. Evaristo Sada LC 
Fuente: http://www.la-oracion.com

¿Cómo ser una familia orante?

El Santo Padre, envuelto en el misterio de la Navidad y el ejemplo que nos ofrece la Sagrada Familia, aprovecha la catequesis del viernes 28 de diciembre para darnos algunos consejos prácticos para ser familias orantes.
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1. Para la mamá: una mirada contagiosa de las cosas de Dios. La capacidad de la Virgen de vivir en oración y meditar en su corazón todas las cosas que Dios hacía con su vida contagió a San José, quien poco a poco fue haciendo lo mismo. Cuando la madre del hogar es una persona que vive cerca de Dios, contagia “por ósmosis” esa misma vivencia íntima con el Señor a los que habían a su alrededor.
2. Para el papá: guiar la oración doméstica cotidiana. San José cumplió a la perfección el rol paterno: llevaba a Jesús a la sinagoga, a los ritos del sábado, a Jerusalén a la peregrinación anual y también guiaba diariamente las oraciones antes de las comidas.
En la familia, los niños ya desde tierna edad pueden empezar a percibir el sentido de Dios gracias a la enseñanza y sobre todo al ejemplo de los padres. Seamos familias donde resplandece la oración.
 P. Francisco Armengol, L.C
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Posturas para la oración

Al disponernos para orar es importante adoptar una postura adecuada (interior y exterior). Una de las causas más frecuentes de una oración mal hecha es que no se comienza bien. Me refiero ahora a la postura exterior. Es algo análogo a la posición de “en sus marcas” que adoptan los corredores o los nadadores para iniciar la carrera.en_sus_marcas

Por P. Evaristo
Hace unos meses visité la catedral de Puebla y allí encontré a un hombre sentado en una banca en profunda oración. Había muchos turistas alrededor viendo las obras de arte; él oraba. Me llamó la atención.
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Luego pensé que debería ser lo normal, pues ¿qué más se puede esperar de un creyente dentro de una iglesia? Pero lamentablemente no siempre se encuentran personas cuya sola postura corporal denote recogimiento y reverencia. Y no estoy hablando aquí de manifestaciones extrañas que incluso pueden incomodar o distraer a los demás, sino de lo más normal y natural de una actitud orante.

“En sus marcas”

Lo material y corpóreo puede ayudar o estorbar para entrar en diálogo con Dios. Somos “de una pieza”, no somos cuerpo por un lado y espíritu por otro. Nuestras posturas influyen en la oración, también la vista y el oído, la imaginación y la memoria, todo…Prueba de ello es cuánto ayuda en la celebración eucarística una liturgia bella: el canto litúrgico, las flores, los ornamentos, la armonía en los movimientos, el incienso, etc. Y prueba de ello también es cuánto afectan los ruidos, el desorden, la falta de limpieza, los cantos desafinados, etc.
La serenidad, el recogimiento se obtienen “recogiendo” los sentidos exteriores y los sentidos interiores, así como las mujeres reúnen los cabellos de aquí y de allá para peinarlos en una trenza, o como se ordenan los libros y papeles de un escritorio para disponer de un espacio limpio para trabajar o atender a una persona.
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A solas con Dios. En una capilla, iglesia o ermita, en el rincón familiar o en el “escondite” personal donde suelo retirarme para orar. Allí, en silencio, me dispongo interior y exteriormente para el encuentro con Dios. ¡Es Dios! 

La postura del cuerpo

Para serenarse antes de iniciar la oración ayuda la postura del cuerpo: ni demasiado relajada ni tampoco una postura incómoda. Normalmente ayuda sentarse en postura recta o bien ponerse de rodillas, cerrar los ojos, poner atención a la propia respiración y que ésta sea serena y profunda. Estos recursos tan sencillos ayudan a tranquilizarse, favorecen el recogimiento y disponen para la interiorización.
El silencio exterior contribuye al silencio y al recogimiento interior, que es conquista de mucha virtud y esfuerzo y de la presencia de Dios en el alma. Una vez alcanzada esta “quietud” es más sencillo invocar al Espíritu Santo con plena conciencia y ponerse en la presencia de Dios. Durante la meditación habrá que esforzarse por no perderla sino favorecer la acción de la gracia para que ésta sea más íntima y profunda. De nuevo, para ello ayuda el cuerpo: mantenerse serenos, evitar moverse de aquí a allá, asomarse por la ventana a ver quién pasa, interesarse por quién llamó por teléfono, ver los mensajes que entran al celular, etc. Para orar es necesario centrarse, focalizarse en sólo Dios.
El Cardenal Ratzinger escribía que el cuerpo debe co-orar:
«Así, pues, quiero que los hombres oren en todo lugar, levantando las manos puras, sin ira ni discusiones» (1 Tim 2,8). En contra de la falsa opinión de que su ocupación principal es la vida activa, los hombres no deben dejar la oración a las mujeres. Es preciso superar el error según el cual orar no es un hacer. Debemos decir a los hombres que deben vencer la falsa vergüenza que oculta lo íntimo ?la callada relación con Dios? como algo poco masculino o pasado de moda. La piedad no debe convertirse, ciertamente, en exhibición, sino mantener su discreción genuina. Ello no significa, empero, que sea una especie de juego hecho a escondidas. La oración exige su propio y específico valor: también el cuerpo pertenece a Dios. La fe no es algo exclusivamente espiritual, ni la oración algo meramente interior. El cuerpo debe co-orar. El ademán corporal con el que nos dirigimos solidariamente a Dios forma parte también de la oración. San Pablo habla al respecto de extender las manos, que se alargan de algún modo hasta Dios. En la actualidad sigue siendo importante adoptar al orar un ademán corporal digno. Solamente rezamos plenamente cuando lo hacemos también con el cuerpo». (Cooperadores de la verdad, Joseph Ratzinger, Rialp, Madrid 1991 pp.124-125)

Vale también para los sacerdotes antes de iniciar la misa

Este ejercicio de recogimiento puede ayudar también (tanto a los sacerdotes como a los fieles) para comenzar la santa misa. De ninguna manera es lo mismo que lleguemos a misa con prisas que estar en la iglesia unos minutos antes de que comience la celebración para serenarse, recoger los sentidos, tomar conciencia de lo que se va a celebrar, ponerse en la presencia de Dios, disponerse a acompañarle con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.
“Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.
Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que inclus­o parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti». Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.”

¿En lugares públicos?

Algunos temen que les acusen de ser “demasiado piadosos” cuando oran en lugares públicos. Cuántas veces el ambiente social presiona en contra de la manifestación pública de la fe; normalmente resulta incómodo ir contracorriente.
Tal vez nos ayude recordar el tiempo de las catacumbas: algunos de los primeros cristianos pensaban: “si me descubren me matan, por eso me escondo”. Situaciones semejantes de real persecución o privación de la libertad religiosa se han reproducido a lo largo de los siglos. Durante cuántos períodos de persecución muy recientes, e incluso actualmente en algunos lugares de Asia o África, muchos fieles se han visto obligados a vivir y practicar su fe de forma clandestina.
Algunos de los primeros cristianos dieron testimonio público de su fe cuando Dios los colocó en una situación que lo requería, so pena de renegar de Él y de su amor. “Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.” (Lc 12, 8-9) Los recordamos como mártires y como confesores de la fe. Muchos otros, cientos y miles, perseveraron y perseveran también en su fe, y escondidos en sus casas y en innumerables “catacumbas” improvisadas a lo largo de los siglos vivieron y viven con discreción y gran fidelidad al Señor su vida cristiana. Se esconden, sí. Pero no dejan de orar. No dicen: “mejor me olvido de Dios o me comporto como si Dios no existiera”.
Si me da vergüenza, si tengo miedo, si me presiona mucho el ambiente, si lo paso muy mal con las críticas de los demás, o tal vez por humildad puedo “esconderme”, pero no dejaré de orar ni de poner los medios que me ayudan a orar mejor. En la conciencia de cada uno el Espíritu Santo sugiere cuándo hablar y cuándo callar, cuándo actuar y cuándo omitir. El hombre de carácter, el hombre de conciencia, el hombre coherente, vive lo que sabe que debe ser.
Nada más personal e íntimo que nuestra relación personal con Dios. Por eso, no se trata de que nos vean o no nos vean, mucho menos orar para que nos vean… (cf. Lc 18, 10-14; cf. Mt 23, 2-7 ) Es bonito orar en lugares públicos y de esa manera hacer presente a Dios en la vida social, es bueno dar testimonio y unirme a otros para celebrar y alabar a Dios, pero lo más importante en la oración es lo privado, lo que sucede en el corazón.
 “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” (Mt 6, 5-6)
Volviendo al ejercicio de recogimiento mencionado arriba, esta vez no les invito a “hacer la prueba” una sola vez. Les invito a probar y probar y probar… experimentarán los resultados.
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¿Qué rezar? ¿Cómo rezar? ¿Cuándo rezar? ¿Cuánto rezar?

¿Son estas las preguntas más importantes?
¿Qué define a una persona? ¿Lo que tiene, lo que hace, lo que produce o lo que es? Tendemos a valorar a las personas por sus logros, sus títulos o reconocimientos, su poder, sus posesiones, sus errores, etc. Y no por lo que son. A veces, así nos valoramos también a nosotros mismos. Y tal vez nos hacemos daño. Dios tiene una mirada penetrante, capaz de ver lo que en verdad somos y eso es lo que define su relación con nosotros. La pregunta es: ¿también es eso lo que define nuestra relación con Él?
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Corremos el riesgo de que la mentalidad pragmática contagie la dimensión espiritual de nuestra vida, creyendo que la vida de oración se califica por las cosas que hacemos. En el mes de junio publiqué dos artículos (primero y segundo) en los que deseo ahora profundizar desde otra perspectiva. Nos preguntábamos, ¿qué es lo que Dios ve cuando nos mira? Y estas eran algunas de las respuestas:
Somos hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza. La inhabitación de la Trinidad en nosotros es una realidad viva. Fuimos hechos para vivir en una comunión de amor con Él, en el tiempo y en la eternidad.
Somos peregrinos, con un tiempo limitado de vida, con unos talentos recibidos (el tiempo, la libertad, la vocación y misión personal, tantos dones y gestos del amor personal de Dios a cada uno…), caminamos hacia los brazos de Dios Padre, donde nos tiene preparado un lugar.
Somos pecadores rescatados. La sangre del Hijo de Dios hecho hombre fue la moneda con que pagó nuestro rescate del pecado. Valemos lo que vale la Sangre de Cristo. Y aun así conservamos tendencias e inclinaciones que nos llevan a hacer lo que no queremos (cf Rm 7,18-21)
Somos buscadores de felicidad, de verdad, de justicia y de paz. Cavamos pozos por todos lados buscando agua pura que sea capaz de saciarnos en plenitud. 
Somos cristianos, discípulos de Cristo. Él nos mandó permanecer en su amor (Jn 15) y orar siempre (Lc 18, 1 ss) y nos dio ejemplo de oración (Mt 11, 25 ss; Jn 12, 27 ss; Mt 26, 39 ss y paralelos; Jn 17; etc.) Ser cristiano es ser como Cristo que vivía en unión con el Padre y que en su vida siempre precedió la oración a los momentos importantes y a las grandes decisiones.
Algunos somos religiosos y consagrados. Hemos sido llamados a seguirle más de cerca, a dedicarnos de forma particular a alabar a Dios y a ser testimonio de los bienes eternos.
Por tanto, creo que nuestra relación con Dios, nuestra vida de oración, es sobre todo una cuestión de identidad y no de actividad. La vida de oración no se limita a un conjunto de prácticas religiosas que hay que hacer de una determinada manera para “estar bien”. Antes de preguntarse ¿qué rezar?, ¿cómo rezar?, ¿cuándo rezar?, ¿cuánto rezar?, habría que preguntarse ¿qué soy?, ¿quién soy?, y luego obrar en consecuencia: ser coherentes.
De otro modo, si nuestros rezos no corresponden a la verdad de lo que somos, corremos el riesgo de ser falsos, viviendo a base de prácticas farisaicas. (cf. Jn 4, 24; Mt 23, 13-29)
Un marido lleva a su mujer un ramo de flores en el aniversario de su matrimonio. La mujer se sorprende y se lo agradece emocionada a su esposo. Si el esposo le dice: “En realidad te traje las flores porque estaban en barata y pensé que las necesitarías para adornar la mesa en la cena de esta noche; además creí que debía demostrarte de alguna manera que sí me acordé del aniversario, pero en fin, no es para tanto….” ¿Qué respondería la mujer? (si es que tiene fuerzas para responder y no le han vencido las ganas de hacer algo desagradable con esas flores….): “Lo que me interesa eres tú, tu corazón, tu amor, no tus cumplidos.”
El corazón es el espacio de la verdad, donde está escrito lo que somos.
“El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo "me adentro"). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza.” (Catecismo n 2563)
Dios ve nuestro corazón tal cual es y tal cual se encuentra en cada momento. “Es el corazón el que ora. Si éste está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana.” (Catecismo n 2562)
Así se explica por qué a veces rezamos con tedio y desgana nuestras oraciones: están vacías de contenido, no brotan de un corazón que ama. Y aquí está también el motivo por el cual nuestra vida de oración debe estar fundada e inspirada en la verdad de lo que somos y de lo que Dios es, y no limitarse a un conjunto de compromisos que cumplimos sólo exteriormente, como actos vacíos de sentido, sin alma.
Importa el qué, el cómo, el cuándo y el cuánto en la vida de oración, pero sobre todo importa la sinceridad y autenticidad de nuestra comunicación y relación personal con Dios. Una vida de oración desde el corazón lleva a una gran libertad interior.
Una relación sincera, personal y auténtica con Dios, desde la verdad que Él es y la verdad que nosotros somos, lleva a la plenitud de vida. Plenitud que luego desborda en obras de caridad: “Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe. Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta”. (St 2,18 y 26)
Propongo una pregunta que tal vez quieras hacerte y hacer a Cristo Eucaristía en este día: ¿Cómo puedo ser una copa llena que, una vez llena, desborda y comparte su riqueza?
P. Evaristo / la-oracion.com





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¿Cómo sé si rezo bien el Rosario?

Tres angustias radicales del ser humano son: perder el sustento, el miedo a la muerte y no encontrar el descanso eterno.
Virgen_Maria_1La Virgen María conoce bien a sus hijos, sabe que estas preguntas nos escuecen por dentro y que se nos presentan con mayor o menor fuerza según las circunstancias, los tiempos, la personalidad y la conciencia de cada uno. Por ello hacemos bien en pedirle: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.”
Al rezar el Rosario desde nuestra realidad de hijos, pecadores y en camino, le presentamos esta súplica 50 veces seguidas.
Pensé que el tema podría venir a cuento ahora que estamos en el mes de Mayo, mes de la Madre.

No basta aprender una oración, hay que aprender a orar.

Cuando se habla del Rosario, muchas veces la atención se centra en la mecánica del rezo del Rosario. Es fácil encontrar buenas explicaciones de cómo se reza el Rosario (por ejemplo en este devocionario y en la página de la Virgen Peregrina de la Familia). Por ello, como he dicho en otro momento, en este blog quisiera fijarme más en la pedagogía de la oración cristiana que en los rezos, y más en las actitudes que en los contenidos.
“La oración es una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras.” (Benedicto XVI, 11 de mayo de 2011)

Un buen orante, al rezar el Rosario, no repite Avemarías como un loro. 

Compara estas dos fotografías y trata de describirlas.
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Un buen orante, al rezar el Rosario, contempla a Cristo con la mirada de María.
Así se entiende mejor el valor de la oración vocal.

El Rosario es una oración mariana centrada en Cristo.

En el Rosario, mientras se honra a la Virgen María con el paso de las Avemarías, se contemplan en la mente y en el corazón los grandes momentos y misterios de la vida de Jesús.
La pregunta principal es: ¿cómo se contemplan? Y la respuesta debe ser: como María. Se trata de aprender de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo.
Nos ayuda La Pietà de Miguel Angel: es toda una lección de oración. Allí queda plasmado cómo la Virgen María meditaba la Palabra en su corazón. En su mirada y en toda su postura interior y exterior se ve cómo toma conciencia y cómo profundiza las palabras, los hechos y los misterios de la vida de Su Hijo Jesucristo.
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Al iniciar el Rosario debemos detenernos un momento y pensar en lo que vamos a hacer. Debemos actuarnos y en vez de “poner el disco” para que comience su monótono repetir de Avemarías, hemos de suplicar a Dios que nos conceda la gracia de asimilar el modo de ver y de ser de la Virgen María y tratar de apropiar sus actitudes evangélicas en su relación con Cristo.  “Así la Madre del Señor ejerce una influencia especial en el modo de orar de los fieles.” (Juan Pablo II, 3  de enero de 1996) 
Es necesario hacerlo cada vez que se reza el Rosario. De lo contrario es fácil que no resulte bien y venga el desaliento.

Plegaria maravillosa.

Si nos metemos en el corazón de la Virgen María y el Espíritu Santo nos concede la gracia de sentir como Ella, conocer como Ella, amar a Cristo como Ella, el Rosario se puede convertir, también para nosotros, en una plegaria maravillosa.
Juan Pablo II, pocos días después de su elección al pontificado, dijo que el Rosario era su oración preferida y nos explicó cómo había que rezarlo:
“El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad. En esta plegaria repetimos muchas veces las palabras que la Virgen María oyó del Arcángel y de su prima Isabel. Palabras a las que se asocia la Iglesia entera. (…) Con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos y nos ponen en comunión vital con Jesucristo a través ?se puede decir? del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevan más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana”. (Angelus, Juan Pablo II, 29 de octubre de 1978)  
Las palabras clave aquí son: comunión vital con Jesucristo a través del Corazón de su Madre.

El Rosario: una oración marcadamente contemplativa.

María es para nosotros un modelo de oración contemplativa (puedes releer: "Un ejercicio de contemplación: la oración de María de la A a la Z"). Ella guardaba y meditaba en su corazón todo lo que vivía junto a Jesús. (cf. Lc 2, 19 y 51 b).
«Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza» (Rosarium Virginis Mariae, 12)

Entonces ¿cómo sé si rezo bien el Rosario?

Lo rezas bien si en el trasfondo de las cincuenta Avemarías contemplas a Cristo con la mirada de María, Madre de Dios y Madre nuestra.
María, por su parte, te estará viendo a ti y su mirada te llenará de una profunda confianza.
Cuando veo la imagen de la Virgen de Guadalupe siento que María me mira, me toma en sus brazos y me repite como a Juan Diego: “No te apene ni te inquiete cosa alguna, ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás por ventura en mi regazo? Nada has de temer.” (Nican Mopohua)
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¿Por qué fracaso en mi oración si me esfuerzo mucho?

«El hombre no puede nada sin la gracia. Depende absolutamente de Dios, a quien debe orar, y de Cristo, su Salvador, en quien debe confiar» (San Agustín, De corruptione et gratia, 4-5) // «Toda mi esperanza estriba únicamente en tu grandísima misericordia. ¡Dame lo que pides y pide lo que quieras!... ¿Pides contienencia? ¡Dame lo que pides y pide lo que quieras» (San Agustín, Confesiones 10, 29).
¿Alguien se acuerda de la película Matrix? Seguramente sí. ¿Qué escena te gustó más? Yo conozco un joven que se sabe todo el diálogo entre Morfeo y Neo, previo a que éste último se tome la pastilla para que regrese "al mundo real". ¡No se le escapa palabra! Yo no soy tan fan, pero sí recuerdo una escena de la primera película que me vino a la mente tras leer los dos textos de San Agustín del inicio de este artículo. Neo va a visitar a una medium que debe contarle cosas importantes sobre él. Mientras espera su llegada, en la sala un grupo de niños se entrenan en el poder de la mente con ejercicios. El niño que se presenta primero logra doblar una cuchara con sólo mirarla. Intrigado, Neo le pregunta cómo lo ha hecho, a lo que el niño le responde: «Hay que concentrarse y creer que la cuchara no existe. Inténtalo tú».
¿Y cómo fue que me vino esta escena? Porque nuestro Santo Obispo nos dice justamente lo contrario a nosotros que queremos orar o simplemente crecer en la vida espiritual. El énfasis de todo no radica en lo que nosotros podamos hacer o dejar de hacer, sino en la gracia de Dios. Aquí no vale la regla de que a mayor esfuerzo mayor fruto. O por lo menos, no matemáticamente hablando. Es Dios quien regala lo que nos conviene; es Él quien nos hace más santos; es gracias a que Él nos ha amado antes que nosotros podemos corresponderle con el nuestro.
Y entonces, ¿somos nosotros meros títeres de lo que a Dios se le antoje? ¿De nada cuenta nuestra libertad? Claro que no. Es el don más grande que Él nos ha dado. ¿Nunca se han puesto a pensar lo increíble que es que nosotros podamos decirle a Dios que no? Y claro, en lo hermoso que significa responderle con un sí. En este sentido, el período que comenzamos ayer con el Adviento nos resalta la figura de María, que le supo decir sí a Dios cuando le preguntó si quería ser su Madre. ¡Ella podría haber respondido que no! Era libre. Pero dijo sí.
(Abro un paréntesis cultural, que no me resisto a incluir. Gracias a este sí de María, un Papa, que ahora no recuerdo el nombre, dictaminó que las mujeres pudieran decir sí en el matrimonio. Antes de esta sentencia, la mujer no tenía voz ni voto en lo que a su futuro se refiere. Pero el Papa dijo que si Dios esperó el sí de María, ¿por qué una mujer no va a dar su sí a su futuro esposo? Para que luego digan que la Iglesia no ha hecho nada por las mujeres. Cierro el paréntesis). 
 Somos libres. Pero también dependemos de Dios. Su Gracia es como el universo en el que se mueve nuestra libertad, que va escogiendo un sí o un no a su Amor. Sin esa Gracia, el sí nunca podría llegar... y es por eso que le debemos todo lo que somos. San Agustín lo sabía y por eso nos deja esa oración que leíamos al inicio, y que debe ser como el eslogan de todo cristiano: ¡Dame lo que pides y pide lo que quieras!
Así que si eres débil, si crees fracasar en tu oración, ¡no te frustres! Sólo eres un ser humano. Pero justamente porque lo eres, detrás de ti está un Dios que te ama y desea hablar contigo para que camines con serenidad. Y es que nuestra vida no consiste en una concentración profunda de nuestro interior para yo salir adelante. Más bien debemos permitir que sea Dios quien tome las "cucharas" de nuestro egoísmo, de nuestra ceguera y nuestro pecado, no ya para doblarlas nada más, sino para hacerlas desaparecer. Pero debemos dejarle actuar...
P. Juan Antonio Ruiz J., L.C.  
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¿Cómo rezar cuando no tengo tiempo para nada? (segunda parte)

La semana pasada reflexionamos sobre el problema que la falta de tiempo nos plantea ante nuestra sed de Dios, que se concreta en esa necesidad de orar más y/o mejor. Propusimos una clasificación básica de las personas por “grados de ocupación” y comentamos la primera categoría: “Los que objetivamente no tienen tiempo disponible y no pueden tenerlo”. Ahora vamos a la segunda categoría:
 2. Los que tienen sus jornadas comprometidas, pero pueden administrar libremente el empleo de su tiempo, al menos en parte.
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Conforme al ritmo de vida actual se llenan los días y las semanas de compromisos y actividades. Algunas son necesarias, otras no. Muchas de las cosas que hacen son opcionales, las hacen por gusto, por generosidad, por costumbre o tal vez incluso por presión social, y atiborran sus jornadas de ocupaciones como un embutido. Además de sus obligaciones y deberes básicos (estudios, hogar, trabajo, ….) dedican tiempo a otras actividades como cursos, deporte o gimnasia, vida social, hobbies, entretenimiento y descanso, leer la prensa, revistas, redes sociales en internet, obras de apostolado, etc. Su día lo tienen lleno no porque “se les haya llenado” sino porque “lo llenan”, y sin embargo no tienen tiempo para estar a solas con Dios.
 Si te encuentras en esta categoría, tal vez te ayuden las siguientes consideraciones:
1. Detente (time out!) y con mucha humildad y sencillez pregúntate tres cosas:
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  • Si deseas o no escuchar y responder a tu sed de felicidad profunda,
  • Si reconoces que el trato diario con Dios es una necesidad básica para que tu vida sea auténticamente humana,
  • Si quieres poner los medios para obrar en consecuencia.
2. Traza una recta jerarquía de valores y decide responsablemente cómo vas a usar tu tiempo (según prioridades que sean conformes a su jerarquía de valores).  No es propio de una persona con carácter dejarse llevar por la inercia. Una persona de carácter toma en sus manos su vida y hace lo que sabe que debe hacer.
 3. Trata de simplificar tu vida: quita cosas no necesarias para que puedas vivir menos acelerado y luego elige tiempos de calidad reservados al encuentro personal con Jesús. A las actividades necesarias no se puede renunciar, pero sí a las actividades no necesarias u opcionales. Simplificar implica hacer renuncias. Esto no es fácil, es necesario romper esquemas y cambiar hábitos.
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 4. Una vez tomadas estas decisiones, incluye la oración personal en tu rutina diaria y sé constante; de lo contrario sucederá con facilidad que la meditación sea lo primero en caer o se quedará siempre para el final, cuando ya estás cansado y con el deseo de llegar cuanto antes a la cama. 
 Me parece que la rutina diaria de un cristiano “de a pie” debería incluir:
  • Ofrecimiento del día al Señor al inicio de la jornada.
  • Acción de gracias al final de la jornada.
  • 10-15 minutos de silencio y soledad para leer y reflexionar la Palabra de Dios, dialogar con Él y acompañarle.
Algunos querrán hacer una visita a Cristo Eucaristía, comulgar o incluso ir a misa entre semana y rezar un misterio del Rosario o el Rosario completo.
Sé bien que hoy en día estas cosas no se estilan, no es lo habitual, pero creo que debería serlo. Es cuestión de jerarquía de valores y prioridades.
Procura ofrecer a tu Creador la mejor parte. Estamos hablando de la relación de la creatura con su Creador, del hijo con su Padre, del pecador con su Redentor, del caminante con su Guía.
Pueden servirte de inspiración estas dos mujeres de la Sagrada Escritura que se caracterizan por su generosidad:
a) La viuda de Sarepta:viuda_de_sarepta
“Le fue dirigida la palabra de Yahveh a Elías diciendo: «Levántate y vete a Sarepta de Sidón y quédate allí, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te dé de comer». Se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad había allí una mujer viuda que recogía  leña. La llamó Elías y dijo: «Tráeme, por favor, un poco de agua para mí en tu jarro para que pueda beber». Cuando ella iba a traérsela, le gritó: «Tráeme, por favor, un bocado de pan en tu mano». Ella dijo: «Vive Yahveh tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un  poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos  y moriremos». Pero Elías le dijo: «No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero haz una torta pequeña para mí y tráemela, y luego la harás para ti y para tu hijo. Porque así habla Yahveh, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que Yahveh conceda la lluvia sobre la haz de la tierra. Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron ella, él y su hijo. No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que Yahveh había dicho por  boca de Elías.” (Primer libro de los reyes 17, 8-16)
b) La viuda pobre y generosa:
“Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de los que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.” (Mc 12, 41-44)
En la elección de los tiempos para la meditación diaria es importante ser prácticos y realistas. Si te propones dedicar 15 minutos diarios a leer y meditar la Palabra de Dios y quisieras hacerlo al inicio de la jornada para que te sirva de inspiración durante toda la jornada, pero te resulta imposible por tus deberes de estado, no te agobies, no te culpes, no pienses que no estás dando a Dios la primacía. Con sencillez y serenidad hazlo en otro momento adecuado, en la medida de tus reales posibilidades. O tal vez seas de los que al iniciar el día andan como “zombies”; si es así elige las horas de lucidez y no las de sueño para estar con Jesús. Cada quien debe conocer qué hora le va mejor y en qué lugar le ayuda más hacer la meditación. Creo que no sería correcto recetar esquemas universales e imponerlos como camisas de fuerza a todos por igual. La oración es algo muy personal.
Tengo la convicción de que quienes tomen la decisión de invertir un tiempo cada día para “pasársela bien con Dios”, a las pocas semanas experimentarán que comienzan a recuperar la paz profunda y que son mejores amigos, mejores papás, mejores mamás, mejores esposos o mejores hijos. Ciertamente serán mejores cristianos.
Conversando con una joven pastora, de nombre Araceli, me decía: “Cuando ando inquieta, nerviosa, de malas…. hasta las ovejas se dan cuenta y se me apartan. Cuando estoy en paz, aquí andan cerquita.” Es un hecho que cuando estamos cerca de una persona con paz interior, llena de la gracia de Dios, uno lo percibe, se siente a gusto a su lado. Su rostro lo refleja.
P. Evaristo Sada LC 
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¿Cómo rezar cuando no tengo tiempo para nada?

“Mi vida es muy complicada, estoy siempre acelerado: el trabajo, los traslados, las presiones, las clases, los niños, los imprevistos…. ya no me cabe nada más, no tengo tiempo ni para… ¿Cómo rezar cuando no tengo tiempo para nada?”tiempo_extra


Quien se interroga así reconoce que le está faltando algo que necesita, se siente insatisfecho. Tiene sed de Dios. La pregunta presupone el deseo de orar y de encontrar una solución. Aunque siempre es algo incómodo que te respondan a una pregunta con otra pregunta, le respondería con tres preguntas: ¿De verdad no tienes tiempo? ¿Puedes hacerte un espacio? ¿Quieres? (ver artículo: "Palabras clave para que disfrutes tu meditación diaria").  

Tiempo y libertad

Quien se formula la pregunta: “¿Cómo rezar cuando no tengo tiempo para nada?”, pone sobre la mesa su tiempo y su libertad. Son estos, el tiempo y la libertad, dos talentos particularmente valiosos que todos los seres humanos hemos recibido de manera gratuita. Es buena cosa detenerse a contemplarlos. Preguntarnos delante de Dios sobre cómo los estamos empleando. La parábola de los talentos (Mt 25, 14-30) se refiere a todos los regalos que hemos recibido de nuestro Creador y Redentor: la vida, la fe, la familia, los amigos, la inteligencia, las propias habilidades, los bienes materiales, etc.
Tal vez lo que se nos ha olvidado hacer es preguntárselo a Él: “¿cómo quieres que rece, Señor, cuando no tengo tiempo para nada?” Y, formulada así, esta pregunta nos avergüenza. ¿Cómo decirle a quien nos ha regalado todo el tiempo de nuestra vida, y la libertad para escoger cómo emplearlo: “no tengo tiempo para ti”?  La lógica de un niño concluiría enseguida: “No es justo”. Pero Jesús es sincero al regalarnos día a día la libertad: ha querido entablar con nosotros no una relación de justicia, sino de amistad y de amor. “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis.” (Mt 10,8)

Grados de ocupación

Podríamos hacer una clasificación básica de las personas (sin duda incompleta) por “grados de ocupación”. Ve si te encuentras en una de estas categorías o define la tuya propia. Para no alargarnos, en este artículo comentaré sólo la primera categoría. Pronto seguiremos con las demás.
  1. Los que objetivamente no tienen tiempo disponible y no pueden tenerlo.
  2. Los que tienen sus jornadas comprometidas, pero pueden administrar libremente el empleo de su tiempo, al menos en parte.
  3. Quienes tienen su tiempo holgado, dedican horas a actividades de ocio o les falta equilibrio
  4. Quienes estando en cualquiera de las categorías no tienen interés de mejorar su calidad de vida.

  1. Los que objetivamente no tienen tiempo disponible y no pueden tenerlo.

stressPienso por ejemplo en una madre de familia con hijos pequeños. Su atención está totalmente absorta en los niños; ocupa las 24 horas del día en sus necesidades y obligaciones básicas, de sobrevivencia. Pienso también en quien trabaja 12 horas diarias, la distancia entre su casa y el trabajo es larga, sus hijos son todos chicos… Estas personas tienen la jornada llena. Su tiempo no les pertenece.
Difícilmente pueden encontrar espacios de paz y tranquilidad. Lo que más quisieran sería comenzar el día con 30 minutos de tranquilidad, sin interrupciones. Pero es imposible, no los encuentran ni al inicio del día ni en ningún otro momento. Son los primeros en sufrirlo. Su vida es muy sacrificada.
Para ellas vale de manera especial lo que decía en el artículo “Orar es para hombres”: “el cultivo de la amistad con Dios es sobre todo cuestión de identidad y no de actividad.”  y luego en el artículo “La vida hay que disfrutarla”.
Estas personas pueden ofrecer a Dios lo que hacen y elevar la mente y el corazón a Él en diversos momentos a lo largo del día. Bastará acordarse de Jesús, hacer memoria del Creador, ofrecerle su cansancio, decirle “gracias” mientras disfrutan la sonrisa de su bebé, pedirle perdón cuando pierden la paciencia en el trabajo, o decirle “bendito seas” cuando el sol se ponga cada día con su estilo propio. Cuando comienzan la jornada o al acostarse pueden hacer la señal de la cruz con un profundo sentido de alabanza, súplica, gratitud y ofrecimiento. Y si encuentran un momento de tranquilidad y silencio, disfrutarlo en intimidad con Dios.
Conozco personas que se turban porque antes dedicaban más tiempo a la oración y ahora no pueden. Es importante que acepten la etapa en que se encuentran, que sepan adaptarse, que la vivan con mucha paz interior y la disfruten.
(Seguiremos...)
la-oracion.com